Reflexiones desde el otro lado: El caso “Copito”.

Cuando por primera vez, leí en la red que la Guanábana o Graviola era un fruto capaz de curar el cáncer, tengo que confesar que pensé lo mismo que nuestro amigo Antonio Ordóñez, a quien tuvimos la oportunidad de entrevistar en nuestro programa y conocer de cerca su caso: ¿Será otro producto más, que en realidad no funciona? Se publican artículos tan variopintos en la red, que a veces es difícil discernir cual es verídico y cual no…

Y no sólo en internet, sino que en diferentes medios, nos vemos bombardeados por “productos milagro”, que previo pago y con la promesa de que si no funcionan, nos devolverán el dinero en un plazo, finalmente no son más que compuestos que tienen poco o ningún efecto.

Si nos quedamos con la seguridad (relativa) que ofrece la medicina tradicional, está el hecho de que, lo que por un lado, el medicamento cura, por otro estropea otros órganos sanos. Y con la entrada de los fármacos genéricos, y hablo con propiedad, algunos de ellos, ven mermada su efectividad hasta en un 40%. Realmente alarmante.

Añadámosle que hasta hace unos años, para que un fármaco saliera al mercado, tenía que pasar un periodo de tiempo, bastante largo, para comprobar que no provocaba efectos secundarios indeseados o irreversibles en las personas. Ahora, algunas compañías cuando desarrollan un fármaco, pagan y en un plazo de pocos meses, el medicamento ya está a la venta, con el respaldo de unas pocas pruebas realizadas en animales, en principio con resultados positivos, pero sin las comprobaciones de los efectos secundarios a medio, o largo plazo.

 Seamos claros. Conscientes o no, estas compañías buscan los mismos fines que una empresa normal: ganar dinero. Lo negativo es que no se trata de  un producto que se pueda devolver, como un aparato, sin más perjuicio, que el consabido papeleo.

Se trata de un producto que incide en nuestra salud. Y a menudo, se paga a precio de oro, cuando en realidad su valor es muy inferior.

Después está el añadido de estamos expuestos a convertimos en verdaderos “conejillos de indias”, donde la compañía experimentará desde la distancia y verá los efectos de su producto sin necesidad de esperar largos años a que se apruebe su venta.

Y es triste decir que, a pesar de que algunos de éstos fármacos, debido a que la compañía ha hecho un gasto para introducir, fabricar y comercializar dicho producto, aunque finalmente no funcione en absoluto, e incluso sea perjudicial, se sigue dispensando, porque tienen que amortizar como sea lo invertido, y conseguir alguna ganancia, antes de retirarlo del mercado.

¿Cuantas personas han quedado afectadas físicamente de por vida, o nacieron con deformidades, debido a un antibiótico o un medicamento que se introdujo en el mercado, pero que no se comprobó lo que podía provocar su ingesta?. Sin ir más lejos, podemos remitirnos a la Taliomida, un medicamento que en la década de los 50 se comenzó a prescribir entre otros pacientes, a mujeres embarazadas. Los resultados fueron devastadores: nacieron como resultado de los efectos secundarios de la Taliomida muchos bebés con malformaciones. 48 años después, y a pesar de algunas reticencias médicas, se aprobó de nuevo su uso, para paliar un tipo de lepra, por lo que se sigue dispensando. Y como éste, podemos enumerar varios casos más.

Quizá por esta razón, y también por vernos empujados por el sistema sanitario, cada vez más austero, muchos terminamos abocándonos en los antiguos remedios de “la abuela”. Cada vez hay más personas que para curarse un resfriado, por ejemplo, prefieren tomarse una infusión o comprar en la farmacia el medicamento de toda la vida, que saben con total certeza que les van a recetar. Muchos optan por acudir al médico, sólo por una fuerza mayor.

¿Qué ocurre, entonces? ¿Nos estamos convirtiendo en cobayas?

De ahí nace la desconfianza a probar un producto incluso totalmente natural, y que sólo cuenta con el respaldo del testimonio de personas más o menos anónimas. Productos que debido a que no se han podido patentar o sintetizar para sacarles “jugo”, se han escondido a sabiendas a la gente. Productos que están ahí, que están al alcance de cualquiera y que no solo curan, sino que su coste es muy bajo, y está al alcance de cualquier bolsillo, como ocurre con la Graviola.

Al inicio del artículo, aludía al hecho de que al igual que Antonio, desconfiaba un tanto de los efectos de este fruto.

Lo cierto, es que al igual que ocurre con la medicina tradicional, también se dan engaños de “productos milagro”, aquellos que cuestan una pequeña fortuna y que tienen el mismo efecto que un vaso de agua.

Sin embargo, tras recibir un enlace sobre este fruto, decidí  seguir el hilo de todo lo relacionado con la Graviola. No obstante, insisto de nuevo, lo hice con ojos un tanto críticos, ya que la única garantía de que funcionaba venía de comentarios de usuarios en la red y que por supuesto no conocía.

 Así que decidí ahondar un poco más. Me informé ampliamente, a través de diversos artículos,y otras informaciones sobre los supuestos beneficios. Sus componentes activos, son capaces de frenar el cáncer y eliminar los indeseados efectos secundarios de los agresivos tratamientos médicos. Tras ver cómo se había tratado de esconder a todos este remedio, barato y eficaz al mundo me planteé, ¿por qué tanto empeño en esconder ese remedio? ¿Y si en realidad es una buena solución como afirman esos estudios? Por si fuera poco, detractores no le faltan, investigadores y científicos que afirman que más que anticancerígeno es un producto a la larga tóxico.

Bajo mi punto de vista personal, algo un tanto incongruente, pues si se dió carpetazo al caso y no se investigó más, ¿cómo sacan a la luz de golpe, supuestas investigaciones que afirman que a la larga producen efectos indeseados? ¿Es una maniobra para desorientar o para tirar por tierra algo que puede funcionar, pero que no interesa comercializar a bajo coste?

Creo que poco o ningún beneficio, podrían sacar los que estaban corriendo la voz. Al fin y al cabo, los productos naturales si causan un mal efecto, seguro que no será tan grave como el de muchos medicamentos. Además, los que dejan su experiencia como prueba, recomendaban continuar el tratamiento médico hasta terminarlo, en este caso, la quimioterapia o radioterapia.

 Quizá si hubieran recomendado abandonar esos agresivos, pero necesarios tratamientos, hubiera desconfiado totalmente. Porque muchos sabemos, que de la misma manera que hay buenos naturistas, hay otros que quizá, inconscientes del peligro, convencen a la persona de que abandone cualquier medicación para tomar única y exclusivamente el tratamiento natural, lo que en ocasiones, ha resultado en una equivocación que ha tenido desgraciadas consecuencias.

Antonio seguramente se hizo los mismos planteamientos y preguntas que yo, antes de  suministrar Graviola a su perro Copito, desahuciado por un agresivo cáncer. Sólo tenía la información y los testimonios que le había facilitado su hija, quien también había hecho sus propias indagaciones.

Copito ya llevaba mucho tiempo tomando Graviola, cuando decidimos divulgar la noticia. ¿Por qué no? ¿ Y si en realidad puede ayudar a alguien?

 Su coste, los informes detallados, los testimonios….y el hecho de que desde los años 70 se hubiera tratado de esconder este tratamiento, terminó por convencerme.

¿Por qué tanto empeño en patentar a toda costa un árbol? ¿Por qué al no poder ni patentarlo, ni sintetizar sus ingredientes activos, le echaron el candado a una investigación en la que habían invertido una escandalosa suma de dineros?

Tras su “destape”, los nuevos estudios, así como los que se realizan en la actualidad continúan confirmando exactamente lo mismo. No se puede afirmar que sea la cura del cáncer, pero en muchos casos es el freno y supone una mejora muy sustancial de la calidad de vida de la persona. Y si debido a la gravedad y el punto en que esté el proceso canceroso, si bien no se puede hacer nada, al menos consigue que el paciente no sufra y cuando llegue su hora, sea un descanso final tranquilo, sin padecimientos. Además cuenta con otras muchas propiedades.

Entonces ¿Por qué callar? ¿Por qué no hacernos eco de ello? Y así lo hicimos.

Pensamos que la noticia, pasaría desapercibida. Como otras muchas.

Pero nuestra sorpresa fue mayúscula cuando recibimos noticias del “Caso Copito” a través de su dueño. Supimos del cáncer que sufría y de su  recuperación gracias a la Graviola.

Por ello decidimos acudir a verlo con nuestros propios ojos. Vimos la enorme cicatriz de Copito, a causa de una de las últimas operaciones, las cápsulas que le estaban administrando para su mantenimiento, y fuimos testigos presenciales de su vitalidad y ganas de jugar.

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Copito

En lo que parecía la etapa terminal del cáncer de Copito, el veterinario vaticinó que viviría unos días más tan sólo, y les recomendó que lo sacrificaran, para evitarle sufrimientos por el tratamiento con quimioterapia (un tratamiento bastante más caro que las cápsulas de Graviola) y las costosas operaciones que eran inservibles finalmente, porque el cáncer volvía a reaparecer con la misma fuerza.

Así que como ya no había nada que perder, decidieron hacer caso a Elisabet, y comenzaron a suministrarle Graviola a Copito. A la semana, ya dio signos de recuperación, y fue recuperando el apetito y la vitalidad a grandes pasos.

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Elisabet, quien se ocupó en buscar información sobre la Graviola y Copito

Cualquiera que viera a Copito ahora mismo, no diría que  este simpático perro padece este cáncer tan grave. Es cierto que la Graviola no ha evitado que le salga algún nuevo nódulo, pero no crece y tienden a menguar, y además no le duelen, como ocurría antes, por pequeño que fuera.

Ha vuelto a ser el perro alegre y juguetón que fuera antes de tener esta enfermedad.

La cuestión es: si en un animal funciona ¿por qué no en una persona? De nuevo nos preguntamos; ¿Qué hay que perder?

Posiblemente en casos muy avanzados no sea la cura, pero está ahí. Al alcance de todos. Y estoy segura que como éste fruto, habrán muchos otros productos naturales que curen otras dolencias: como el VIH, el Alzheimer, la Depresión, y otras tantas enfermedades que ya se descubrieron y que nos ocultan.

 No en vano, la selva del Amazonas es el estante farmacológico natural más grande del planeta. Si echamos la mirada atrás, nuestros antepasados aprendieron a curar con hierbas, pues no existían los medicamentos. Y lo hicieron en muchos casos con éxito.

Estoy segura que vemos o pasan por nuestras manos a diario, la cura natural a una enfermedad y siquiera lo sabemos.

No seamos cómplices de estas ávidas compañías, que más que curar, buscan como cualquier empresa que se precie, enriquecerse partiendo de productos de la tierra que son de todos, que no les pertenecen, y que nos venden como si fuera oro, una vez lo sintetizan. No guardemos el secreto, hagamos que se sepa.

 Seguramente algunos no podrán ganar su lucha contra el cáncer, pero lo que es evidente es que pueden mejorar su calidad de vida y frenar la enfermedad, como ocurrió en el caso de nuestro apreciado Copito.

Nuestro enorme agradecimiento a la familia Ordóñez, que compartió con nosotros su experiencia, su amabilidad y su hospitalidad, y demostraron ser enormemente valientes contándonos su caso. Y todo nuestro cariño a Copito. Ojalá esta experiencia real, no caiga en saco roto.

De izquierda a derecha: Antonio Ordóñez, su esposa Isabel, Jordi San Nicolás, Antonio, Elisabet y Copito.

De izquierda a derecha: Antonio Ordóñez, y su esposa Isabel, Jordi San Nicolás, Antonio, Elisabet y Copito.

© Todos los derechos reservados. Tanto el contenido como las fotografías están registradas en Safe Creative.

Olga Gómez. Mayo 2013

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Fuentes de la información:

http://www.elmundoalinstante.com

http://www.graviola-guanabana.com

http://www.alimentacion-sana.com.ar

http://www.facebook.com/notes/hongos-del-t%C3%ADbet/graviola/328071030603933

http://hatali.com.ar/monografia-sobre-la-graviola

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Publicado el 5 mayo, 2013 en Artículos y etiquetado en , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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